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<!--Generated by Squarespace Site Server v5.11.81 (http://www.squarespace.com/) on Thu, 23 Feb 2012 13:48:30 GMT--><feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"><title>Cuentos</title><subtitle>Cuentos</subtitle><id>http://www.fandelune.com/cuentos/</id><link rel="alternate" type="application/xhtml+xml" href="http://www.fandelune.com/cuentos/"/><link rel="self" type="application/atom+xml" href="http://www.fandelune.com/cuentos/atom.xml"/><updated>2011-08-25T02:56:44Z</updated><generator uri="http://www.squarespace.com/" version="Squarespace Site Server v5.11.81 (http://www.squarespace.com/)">Squarespace</generator><entry><title>Short stories</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/10/short-stories.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/10/short-stories.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-10T18:55:41Z</published><updated>2008-03-10T18:55:41Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<p>Voici un recueil de mes contes. D&eacute;sol&eacute;e, je n'en ai pas en <span lang="FR" style="font-size: 11pt; line-height: 115%; font-family: "calibri","sans-serif";">fran&ccedil;ais</span>! <br /></p>]]></content></entry><entry><title>El Ropero</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/6/el-ropero.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/6/el-ropero.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-07T06:35:00Z</published><updated>2008-03-07T06:35:00Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<div class="body">
<p>EL ROPERO</p>
<p>Los objetos est&aacute;n habitados. Sobre todo los roperos. En ellos flotan como suaves suspiros los seres que se han ido. Su madera est&aacute; impregnada de esencias impalpables: el perfume lejano del tiempo, del bosque, de la savia que sube con la luna; encierra el olor &iacute;ntimo de la ropa, de los frascos secretos, las innumerables cartas, las fotograf&iacute;as.</p>
<p>Un ropero vive de recuerdos y de nuestro sue&ntilde;o atento. En las noches calladas cruje despacio, para que su secreto quede s&oacute;lo entre nosotros. Abre quedamente sus puertas pre&ntilde;adas de fantasmas, sus alas silenciosas flotan en la oscuridad. De su entra&ntilde;a oculta nace un cord&oacute;n que reluce limpiamente en el espacio y con &eacute;l y la noche entreteje historias verdaderas.</p>
<p>Las enhebra en el infinito telar de la memoria.</p>
</div>]]></content></entry><entry><title>La Vida en Rosa</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/6/la-vida-en-rosa.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/6/la-vida-en-rosa.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-07T01:40:00Z</published><updated>2008-03-07T01:40:00Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<p>LA VIDA EN ROSA</p>
<p>Una tarde, alg&uacute;n tiempo despu&eacute;s del entierro, regres&eacute; a casa de Adelaida. La vieja mansi&oacute;n dorm&iacute;a, al lado de la calle apacible, con sus ventanas cerradas, su zagu&aacute;n verde y callado entre las bugambilias a&ntilde;osas; entr&eacute; a su silencio como quien entra a un templo; algo fr&iacute;o y h&uacute;medo como probablemente era la tumba de Adelaida, flotaba en el ambiente, en el jard&iacute;n crecido, en las habitaciones vac&iacute;as.</p>
<p>Parec&iacute;a que las dos, la casa y la mujer, hab&iacute;an recorrido la misma lenta agon&iacute;a, que empez&oacute; seguramente cuando sus hijas le anunciaron a Adelaida que le estaban construyendo una nueva morada. Adelaida no dijo nada. Tal vez se tambale&oacute; imperceptiblemente su enorme cuerpo que de pronto se sinti&oacute; muy cansado. Seguramente empez&oacute; a dejarse morir entonces, como un &aacute;rbol. Esa mujer, corpulenta e imponente a pesar de sus sesenta a&ntilde;os sufridos entre la cocina y la crianza interminable de los diez hijos que le mand&oacute; la providencia, entre otros ambiguos dones, s&oacute;lo atin&oacute; a mirar sus muebles usados como ella, las paredes mustias de la enorme casa colonial que le devolv&iacute;an la mirada como un retrato de familia, y supo que s&oacute;lo muerta la sacar&iacute;an de all&iacute;, aunque nunca lo dijo; y meneaba la cabeza cuando le contaban de la nueva casa, de aquel desierto ajeno.</p>
<p>Aqu&iacute; hab&iacute;an nacido sus hijos y muerto las viejas nanas, las &uacute;nicas que recordaban los paisajes de Zacatecas, de la desaparecida hacienda paterna. S&oacute;lo aqu&iacute; regresaba, fiel y segura, esa luz &uacute;nica filtrada por las cortinas de encaje amarillentos, que ba&ntilde;aba la sala a la hora de las novelas, hac&iacute;a lucir suavemente el gran piano negro que ya s&oacute;lo tocaba alguna visita, reconoc&iacute;a la vieja radio consola descompuesta a&ntilde;os atr&aacute;s, que se hab&iacute;a escuchado por tantos a&ntilde;os casi religiosamente, noticias y canciones ya olvidadas pero que ti&ntilde;eron el recuerdo de m&aacute;s de uno de nosotros de un color inconfundible, hecho de l&aacute;mparas sinuosas, margaritas del jard&iacute;n en jarrones modernistas, y canciones anticuadas que guardaron para siempre el encanto del desuso.</p>
<p>Querida Adelaida... &iquest;C&oacute;mo no vieron que desangraban m&aacute;s que su tiempo, toda su savia de mujer abnegada? &iquest;C&oacute;mo no supieron que era agua de recuerdos, que mor&iacute;a porque en ninguna otra casa cabr&iacute;a la larga mesa donde se hab&iacute;an sentado todos, en un collar largo de d&iacute;as, como las cuentas de su rosario, a merendar chocolate de molinillo, atole con canela que perfumaba la casa desde el anochecer y pan dulce que iban a buscar todas las tardes; esa larga mesa de los domingos, de manteles blancos, vino y caf&eacute;? Que mor&iacute;a porque en ninguna parte le repondr&iacute;an esa gran cocina tibia, en la que flotaban los aromas de las mermeladas que hac&iacute;a todos los a&ntilde;os, mientras los ni&ntilde;os crec&iacute;an entre calderas humeantes y prometedoras; en ning&uacute;n lado exist&iacute;a, inconfundible y picante, escapado del corral, el olor del vino casero, de la uva al fermentar con las horas y los d&iacute;as de Adelaida para dar la misma bebida &aacute;cida.</p>
<p>&ldquo;&iquest;C&oacute;mo llevarse todo eso en un cami&oacute;n de mudanza?&rdquo; Debe de haber pensado Adelaida, &ldquo;ahora que todos se han ido, muertos unos, alejados otros, &iquest;C&oacute;mo llevarse esos olores, que es lo &uacute;nico que me han dejado?&rdquo;</p>
<p>Me pregunto si fui el &uacute;nico testigo de ese lento deterioro de Adelaida y de su casa, que se fue insinuando como un atardecer interminable, y que era casi insoportable al final: el jard&iacute;n desordenado, los rosales que se alargaban como ni&ntilde;os mal crecidos, perdidos entre la hiedra que sellaba las ventanas; la parra y la madreselva desbordando el cenador olvidado; la mon&oacute;tona letan&iacute;a de las margaritas y los nomeolvides deshojados que se mor&iacute;an como la otrora rubia cabellera de Adelaida; la fuente en medio del patio, seca como su rostro austero; el jard&iacute;n amodorrado, como las moscas aburridas que se obstinaban en el quicio de las ventanas cada vez m&aacute;s ajenas a la casa, que se desmoronaba lentamente. Las paredes se descascaraban, manchas de tiempo y humedad crec&iacute;an como el c&aacute;ncer el la piel de Adelaida; las ventanas ya no abr&iacute;an ni sus ojos soportaban la luz; los muebles, uno por uno, iban cediendo como ella; los corredores se antojaban cada vez m&aacute;s oscuros y lejanos, como si ya no los quisiera m&aacute;s que para buscar por los rincones a los habitantes de su pasado.</p>
<p>Adelaida se fue encogiendo como una fruta olvidada&hellip;</p>
<p>Y una ma&ntilde;ana muri&oacute;, calladita, con un tenue &ldquo;Jes&uacute;s&rdquo; en los labios, cuando ya no soport&oacute; ver esa casa que le hab&iacute;an estado vaciando sin piedad, con la ceguera de las buenas intenciones; esa casa que gem&iacute;a por las noches porque ya no soportaba la violencia de sentirse desnudada por dentro, ultrajada en cada mueble arrancado de su sitio despu&eacute;s de tantos a&ntilde;os y que dejaba una mancha clara sobre los muros gris&aacute;ceos; al sentir esas manos sin recato que hurgaban en todos los cajones y vaciaban los antiguos armarios haciendo rechinar las grandes puertas con espejos que hab&iacute;an reflejado la imagen de mujer joven y enamorada de Adelaida, que dejaban al descubierto tantos &iacute;ntimos recuerdos...</p>
<p>Cuando sacaron el cuerpo yerto de Adelaida, no era mucho lo que dejaba atr&aacute;s, un despojo tan incierto como su ausencia y su vida.</p>
<p>Un lejano parentesco y recuerdos de mi primera infancia me un&iacute;an a Adelaida y a su casa. Regres&eacute; aquella tarde con la curiosidad de un pasado que de alguna manera era tambi&eacute;n el m&iacute;o, y porque sab&iacute;a que al fondo del corral, en cuartos en los que se acumulaban como restos de un naufragio ba&uacute;les con la juventud de Adelaida, encontrar&iacute;a cajas empolvadas con fotos de padres y abuelos, en cartas con el ribete negro de los inacabables lutos de esos d&iacute;as, y la vieja radio consola que hered&eacute; porque nadie la quer&iacute;a.</p>
<p>Era un mueble enorme y sin gracia, que parec&iacute;a mirarme con su &uacute;nico bot&oacute;n al frente, como un c&iacute;clope rescatado de su cueva de olvido. No sin trabajo lo transport&eacute; hasta mi casa. Qued&oacute; en mi sala sin lograr integrarse, como una excrecencia del pasado, necia e in&uacute;til, hasta que logr&eacute; mandarla arreglar.</p>
<p>Para encenderla esper&eacute; una tarde apacible como las de la casa de Adelaida. Entonces cobr&oacute; vida. Ensay&oacute; una voz ahogada por el polvo de su abandono, como si limpiara el camino de tiempo hacia atr&aacute;s. Luego se oy&oacute; una melod&iacute;a, un sonido que parec&iacute;a emerger de un largo t&uacute;nel, de muy lejos, de una historia ya vivida, y despertaba im&aacute;genes tan ligeras como un alcohol, que se evaporaban tan pronto aparec&iacute;an, que se dilu&iacute;an en la mente como jirones de nubes, tan lejanos que ya no sab&iacute;a si se trataba de los recuerdos de Adelaida o de los m&iacute;os, pero que resultaban familiares y contaban de lugares habitados ya s&oacute;lo por fantasmas, de habitaciones a media luz, calles estrechas, plazas domingueras adornadas de faroles, madrugadas desoladas en el amanecer de largas noches de humo y soledad.</p>
<p>Era una vieja melod&iacute;a que ven&iacute;a de muy lejos, de qui&eacute;n sabe que lejana parte de mi ser, sonaba m&aacute;s clara a medida que se templaba con el tono de la radio, como una cuerda tensa, tenue, precisa, cada vez m&aacute;s afinada, y se acoplaba &iacute;ntimamente con la voz del cantante, afeminada, demod&eacute;, imprescindible como la canci&oacute;n favorita de Adelaida: La Vie en Rose.</p>
<p>Patricia Daumas</p>]]></content></entry><entry><title>Casi Como Siempre</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/6/casi-como-siempre.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/6/casi-como-siempre.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-07T01:39:00Z</published><updated>2008-03-07T01:39:00Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<p>&ldquo;Ahora mismo, mientras escribo estas palabras siento que a la inocencia y a los asombros de mi infancia, se mezclan mis traiciones y olvidos de hombre, las repetidas muertes de mi vida. No estoy reviviendo estos recuerdos, m&aacute;s bien los estoy expiando&rdquo; Augusto Roa Bastos.</p>
<p>CASI COMO SIEMPRE</p>
<p>Cuando voy por avenida Revoluci&oacute;n hacia el bosque de Chapultepec, me acuerdo de aquella casona, hoy abandonada, de mi primera infancia. Entonces, tengo que doblar a la izquierda, por Reyes Veramendi, y la voy a ver. Ah&iacute; est&aacute;. Parece dormir en el silencio una larga pre&ntilde;ez de sue&ntilde;os pasados. A veces, me da por entrar: En sus habitaciones hoy semi vac&iacute;as flota la herida siempre abierta de un pasado irrecuperable, un dolor que desmiente la irrealidad de un mundo captado s&oacute;lo por la memoria; a veces me da por entrar, con la fantas&iacute;a de cambiar lo que no puede ser cambiado.</p>
<p>Al fondo del patio que llamaban el Corral hay un cuarto clausurado. All&iacute; dorm&iacute;a mi nana Jes&uacute;s. Yo llegu&eacute; muy ni&ntilde;a a vivir a esa casa. Ah&iacute; estaba ya Jes&uacute;s. Era una vieja algo olvidada y entonces no hab&iacute;a m&aacute;s ni&ntilde;os que yo. De alguna manera encontramos algo que compartir: Tal vez era el vivir a destiempo entre los dem&aacute;s, el haber nacido en lugares lejanos que quer&iacute;an regresar, en fin, eramos algo as&iacute; como el espejo de nuestras soledades.</p>
<p>La nana Jes&uacute;s era una mujer de pocas palabras. Nadie sab&iacute;a muy bien en que se ocupaba, pero siempre estaba all&iacute; su figura severa de ropas grises superpuestas como deseos vueltos hacia adentro. En esos tiempos ya no sonre&iacute;a y se olvidaba que los regazos de las nanas deben ser tibios, pero alguna vez me otorg&oacute; la mirada sol&iacute;cita de sus ojos miopes.</p>
<p>Por las tardes, cuando la casa entraba en un sopor cotidiano, Jes&uacute;s se sentaba a desentra&ntilde;ar recuerdos enredados en oscuras madejas de lana que aparec&iacute;an en su cuarto, mientras daba la hora de la merienda, y yo la acompa&ntilde;aba. Nunca supe si tej&iacute;a, nunca vi nada terminado. Lo importante era el movimiento r&iacute;tmico de sus manos al tirar de un estambre largo y liso como su vida. Jes&uacute;s lo maniobraba de una manera uniforme, como un embrujo. Punteaba el movimiento con alguna palabra de vez en cuando, con alguna imagen. Por entre sus dedos desfilaba su infancia breve, su pasado, que yo percib&iacute;a como si hubiese sido el m&iacute;o. Pero ella no recordaba sus juegos. Jalaba el hilo y tra&iacute;a la mirada evasiva de su padre, taciturno y rudo; otra vez el hilo, y era su madre, que arrullaba el eterno luto de alg&uacute;n hijo. &ldquo;&iquest;Cu&aacute;ntos fueron, Chuy?&rdquo;, &ldquo;Qui&eacute;n sabe, s&oacute;lo Dios...&rdquo;. Sus dedos prosegu&iacute;an su labor, infatigables. Recreaban piedras blancas y polvo que se llevaba el aire, pistas del desierto que transitaban hombres encorvados bajo una carga invisible, mujeres, sombras secretas en inmensos rebozos grises, ni&ntilde;os descalzos y perros fam&eacute;licos; interminable procesi&oacute;n de silencio y miseria que se revolv&iacute;a, entre la polvareda y la tarde, en el corral en donde las dos, la vieja y la ni&ntilde;a, convoc&aacute;bamos ausencias. As&iacute; pas&aacute;bamos los d&iacute;as, sentadas en el quicio de la puerta de su habitaci&oacute;n austera, mientras mor&iacute;a la luz del d&iacute;a entre las sombras, al amparo de nuestra paciencia infinita. Y as&iacute; crec&iacute;a yo, envuelta en la labor inextricable de la nana como en un capullo.</p>
<p>El cuarto de Jes&uacute;s era sobrio como ella; cuadrado, con una sola ventana que daba al jard&iacute;n de la casa, y una puerta que se abr&iacute;a al antiguo corral, en donde el reflejo del sol sobre el empedrado blanco era tan deslumbrante como en su tierra. Tal vez por eso era su lugar predilecto, porque con sus ojos quemados percib&iacute;a la misma claridad uniforme de su ni&ntilde;ez, en aquel pueblo &aacute;rido y pobre a orillas del desierto que sec&oacute; su vista para siempre. Toda su vida trabaj&oacute; para la misma familia. Nunca se cas&oacute;, nunca se le conoci&oacute; a nadie, y cuando se la trajeron para M&eacute;xico se entreg&oacute; a su papel de nana como una monja a sus votos. En cuanto los ni&ntilde;os crecieron y no fue necesario que durmiera en la casa, le dieron uno de los cuartos del corral. Sobre las paredes encaladas s&oacute;lo hab&iacute;a un crucifijo, que se&ntilde;alaba la cabecera del catre cubierto con una cobija parda, y una estampa del Sagrado Coraz&oacute;n que ard&iacute;a perenne y segura sobre un fondo azul y rosa como nuestra candidez. Jes&uacute;s nunca me dej&oacute; dudar de la existencia real de ese coraz&oacute;n que flotaba en el cielo. Tambi&eacute;n me aseguraba que eran querubines aquellos brillos misteriosos entre las hojas del aguacate, y alg&uacute;n ser mal&eacute;fico y tal vez hasta con cuernos, el que murmuraba tras la jardinera de la entrada de la casa. Eran verdaderos los santos de yeso, &iquest;No los o&iacute;a yo suspirar en la iglesia?, verdaderas las l&aacute;grimas y las llagas de acuarela de las estampas: &ldquo;No las toque ni&ntilde;a, que les duele&rdquo;, actual el sufrimiento reflejado en el rostro de los cristos. Jes&uacute;s nunca se cuestion&oacute; nada, ni yo tampoco por lo tanto.</p>
<p>Un d&iacute;a, supe que se iba a morir...</p>
<p>Aquella ma&ntilde;ana Jes&uacute;s no se levant&oacute;, y no me dejaron ir a verla. Entre mi desasosiego percib&iacute;a cuchicheos y caras mustias. Recog&iacute;a palabras sordas en el aire, en los rayos oblicuos del sol que penetraba por los postigos entrecerrados de las ventanas; palabras inciertas, angustiantes, en el polvo que se levantaba cuando barr&iacute;an, y lo sacaban con premura, como con culpa, para no atraer el mal a la casa. Mal que se conjuraba con rezos y persignadas, pero no se mencionaba. Deb&iacute;a quedar all&aacute;, con Jes&uacute;s, en su cuarto del corral.</p>
<p>Poco a poco la casa se fue acostumbrando a esa nueva presencia que era la ausencia de Jes&uacute;s. Las consignas se relajaron. Una tarde me acerqu&eacute; de nuevo a su cuarto. Ella estaba sentada, como siempre, casi como siempre, en el quicio de la puerta, envuelta en cobijas; sus manos, sobre su regazo, sosten&iacute;an un rosario que parec&iacute;a tener vida propia, como el estambre de otros d&iacute;as. Su mirada, muy clara, se perd&iacute;a entre la luz del atardecer. La vi inm&oacute;vil, tranquila, como sus estampas piadosas. &iquest;Era la misma? De pronto me invadi&oacute; una nueva timidez frente a ella.</p>
<p>&ldquo;&iquest;Chuy?&rdquo; Mi voz son&oacute; extra&ntilde;amente aguda y qued&oacute; suspendida en el aire. &ldquo;&iquest;Es cierto que te vas a morir?&rdquo; Sent&iacute; confusamente que se hab&iacute;a descorrido un velo entre nosotras. Pero ella no se inmut&oacute;; sus manos siguieron desgranando el rosario con ese movimiento que presagiaba la eternidad. Insist&iacute;: &ldquo;&iquest;Y no te da miedo?&rdquo;. De pronto sent&iacute; una extra&ntilde;a ligereza, como si ya no tocara el suelo. Jes&uacute;s entonces recogi&oacute; su mirada y la dirigi&oacute; hacia mi, pero no la detuvo, me atraves&oacute;; volte&oacute; la cara, severa, como no la hab&iacute;a visto antes. La tarde gir&oacute; de pronto entre las copas de los cipreses inclinados. Sent&iacute; que no deb&iacute;a haber preguntado y me alej&eacute;, muy despacio. El coraz&oacute;n se me escapaba como un p&aacute;jaro asustado en el silencio.</p>]]></content></entry><entry><title>Fieles Difuntos</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/6/fieles-difuntos.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/6/fieles-difuntos.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-07T01:35:00Z</published><updated>2008-03-07T01:35:00Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<p>FIELES DIFUNTOS</p>
<p>Anochec&iacute;a. Constanza caminaba apresurada por las calles del centro. La persegu&iacute;a el aroma inquietante del incienso que ard&iacute;a en los anafres del mercado de Sonora; el mismo que hab&iacute;a ido a comprar para quemar en la ofrenda que hab&iacute;an montado en casa de Diego. Incienso compuesto, flores y colores apagados, esencias vivas de cortezas y resinas dormidas.</p>
<p>Era la noche de los fieles difuntos. Constanza sal&iacute;a del mercado con su paquete envuelto en peri&oacute;dico, con la imagen de sombr&iacute;os animales disecados clavados en su cruel mirada de vidrio; entre collares y amuletos de semillas y lana con los colores sagrados, el rojo y el negro; entre las pociones poderosas en sus frasquitos inocentes, llenos de antigua sabidur&iacute;a, alivio, pasi&oacute;n y muerte.</p>
<p>Constanza pens&oacute; en las coronas de flores amarillas pacientemente ensartadas por la vieja Clemencia, la nana de siempre. &ldquo;Yo ya estoy cerca de los muertos&rdquo; dec&iacute;a, con su sonrisa desdentada y c&oacute;mplice de qui&eacute;n sabe qu&eacute; misterios, &ldquo;y les voy engarzando sus recuerdos&rdquo;, y colocaba el cempas&uacute;chil entre los retratos de los desaparecidos, con sus guisos preferidos, la bebida, el caf&eacute; de olla, los animalitos de fr&aacute;gil alfe&ntilde;ique. Esa noche iban a compartir el pan dulce de los muertos. &ldquo;&iquest;Ser&aacute; dulce la muerte?&rdquo; Se iba preguntando Constanza.</p>
<p>Desde que ella y Diego eran chicos, se escabull&iacute;an a la hora de dormir al cuarto de Clemencia, y ella les contaba de las noches sin luz de su pueblo. Eran relatos que ol&iacute;an a hierbas sagradas, envolventes como los vapores de un ba&ntilde;o de temascal, con nombres sonoros apenas entendidos, milagros y nostalgias viejas.</p>
<p>Este a&ntilde;o, en casa de Diego, medio hermano y compa&ntilde;ero de aventuras infantiles, jugaban a las tradiciones, empujados como sin querer por las consejas de las nanas, mujeres de tierra adentro, fieles como los difuntos a las historias del tiempo recobrado, en el que todo permanece. Y as&iacute;, hab&iacute;an crecido en un mundo circular, en el que una monta&ntilde;a era una mujer blanca, yaciente hier&aacute;tica esperando al amante para siempre viajero; o&iacute;an a la Llorona que clamaba sin descanso por sus hijos y su raza, amenazados hasta los confines del tiempo; se compadec&iacute;an de los hombres solitarios sorprendidos una y otra vez por la decapitada del p&aacute;ramo oscuro y desolado, que promet&iacute;a en su obsesi&oacute;n un tesoro oculto que nunca aparecer&iacute;a; sab&iacute;an del gato negro eternamente erizado mientras el diablo le cuenta los pelos, con el gesto interminable de colocar una cana de su barba entre ellos, para no perder la cuenta infinita, en la apuesta imposible de ganar tantas almas como pelos tiene un gato; present&iacute;an el vagar sin sentido de las sombras en el Mictl&aacute;n, en el infierno, en el purgatorio, en cualquier parte, y que se encend&iacute;an como hogueras s&uacute;bitas e impredecibles.</p>
<p>Al llegar frente a la casa de Diego vio una vela en el quicio de la puerta. &ldquo;Se acordaron del &Aacute;nima Sola&rdquo;, pens&oacute; con algo de aprehensi&oacute;n. &ldquo;Dicen que esta noche se acercan tambi&eacute;n las almas de los olvidados, que tienen derecho a compartir tambi&eacute;n la colaci&oacute;n, y se gu&iacute;an por esa lucecita solitaria... &iquest;As&iacute; que tambi&eacute;n hay soledad en el m&aacute;s all&aacute;? Bueno, ella ya no cre&iacute;a en esas cosas.</p>
<p>Entr&oacute; al comedor. El altar de la ofrenda se dibujaba apenas en la penumbra. Entre las velas encendidas por Clemencia, los retratos de los difuntos no estaban quietos. Una mirada clara, implorante, en un marco antiguo, requiri&oacute; su atenci&oacute;n. &ldquo;&iquest;Y ese?&rdquo;</p>
<p>-No s&eacute; bien, contest&oacute; Diego, lo encontr&eacute; en uno de los ba&uacute;les de la casa de mis abuelos, en Tacubaya. Se parece a mi, &iquest;no?</p>
<p>Era el rostro de un joven atractivo, aunque un poco pasado de moda. delgado, peinado con raya en medio, serio, mirando con grandes ojos como de ni&ntilde;o algo perdido en el tiempo. La nana Clemencia mene&oacute; la cabeza.</p>
<p>-No juegue con eso joven. En esa casa hubo una tragedia, por eso ten&iacute;an guardado ese retrato. A ese joven lo asesinaron cuando reci&eacute;n yo llegu&eacute; a la casa. Regres&oacute; muchas veces porque ten&iacute;a algo pendiente, y yo le pon&iacute;a su veladora para que descansara.</p>
<p>-&iquest;Y qu&eacute; ten&iacute;a pendiente? Pregunt&oacute; Constanza.</p>
<p>Clemencia entrecerr&oacute; sus ojitos brillantes y rasgados y sonri&oacute; con malicia:</p>
<p>-Ay ni&ntilde;a, pues a m&iacute; nunca me quiso platicar, ser&iacute;an amores mal vistos, no s&eacute;. Lo cierto es que tampoco su familia volvi&oacute; a hablar del asunto.</p>
<p>En la pieza oscura, Constanza temblaba de fr&iacute;o. Un airecito helado se filtraba por alguna ventana mal cerrada. Diego miraba fijamente el retrato.</p>
<p>-&iquest;Y c&oacute;mo se llamaba?</p>
<p>-Diego Cruz. Era el medio hermano de su t&iacute;a Consuelo. El se hab&iacute;a venido a vivir a casa de sus abuelos poco tiempo antes de que ustedes nacieran. Me acuerdo que se le ve&iacute;a poco, y escrib&iacute;a versos. Siempre andaba por all&iacute;, hasta que una noche lo mataron en la calle. Sus cosas las guard&oacute; Consuelo en un ba&uacute;l en el cuarto del corral, con el retrato.</p>
<p>La voz de Diego son&oacute; ahogada:</p>
<p>-Aqu&iacute; est&aacute;n. Me traje la caja en la tarde.</p>
<p>-Vamos a abrirla &iexcl;Por favor!</p>
<p>Constanza era la ni&ntilde;a aterrada que suplicaba, a&ntilde;os atr&aacute;s,&iquest;&ldquo;Y luego que pas&oacute;, nana?&rdquo;, cuando Clemencia les hac&iacute;a los cuentos sin tiempo de su tierra.</p>
<p>Abrieron el ba&uacute;l. Entonces surgi&oacute;, entre el rumor del viento fr&iacute;o por la ventana, la hojarasca de la vida truncada, con ese olor dulz&oacute;n, un poco amargo, del recuerdo abandonado, de los objetos largamente guardados: La cigarrera, el retrato de Consuelo...No hab&iacute;an conocido a Diego, pero all&iacute; estaba, tan presente en su ausencia incompleta, que flotaba en versos pendientes sobre hojas amarillentas. Encontraron la antigua m&aacute;quina de escribir &ldquo;Corona&rdquo;, con el llamado de aqu&eacute;l que no supo abandonar el tiempo, y se llev&oacute; con &eacute;l para la eternidad su nostalgia y su esperanza, con todas sus cadenas.</p>
<p>Una hoja clara se destacaba sobre el rodillo negro de la m&aacute;quina. leyeron:</p>
<p>&ldquo;Vendr&aacute;s de noche entonces</p>
<p>con un viento de angustia en las manos</p>
<p>vendr&aacute;s de noche</p>
<p>y no tendremos porqu&eacute; hablarnos</p>
<p>como un regalo antiguo</p>
<p>apagar&aacute;s las velas</p>
<p>y romper&aacute;s el rostro del olvido</p>
<p>tu cuerpo se abrir&aacute; como un rezo</p>
<p>y yo</p>
<p>con la llave infinita de mi piel recobrada</p>
<p>entrar&eacute; para siempre en tu nombre...&rdquo;</p>
<p>El papel brillaba, tenue, como la sustancia impalpable de los sue&ntilde;os, en la oscuridad compacta. Constanza cerr&oacute; quedamente la tapa del ba&uacute;l. Los ojos claros de Diego la envolv&iacute;an.</p>
<p>Clemencia los hab&iacute;a dejado solos.</p>]]></content></entry><entry><title>Señorita Herminia</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/seorita-herminia.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/seorita-herminia.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-07T01:30:41Z</published><updated>2008-03-07T01:30:41Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<p> SE&Ntilde;ORITA HERMINIA </p> <p> Frente al Parque Lira baja una calle angosta. Tras los muros de sus viejas casas persiste cierta quietud conventual y frente a las ventanas de las vecindades siguen floreciendo los malvones en sus latas. De ni&ntilde;a la recorrí muchas veces, brincaba los charcos, rayaba las paredes descascaradas, para ver las extra&ntilde;as argamasas porosas que se desmoronaban como polvorones. Hoy, los charcos son peque&ntilde;os, y las heridas de los muros pertenecen a otros ni&ntilde;os. Pero ella parece que me recuerda. Es la misma vieja calle, nueva de tanto repetirse, de tanto regresar a trav&eacute;s de mi mirada, de mis recuerdos. Yo la hago, la deshago, la recreo, como un mago de mi pasado, y juntas derribamos grandes lienzos de tiempo. </p> <p> Ella y yo sabemos muchas historias; nos las contamos quedito, cuando paso por allí, y nos preguntamos que habrá sido de todas esas vidas que alguna vez la poblaron. Ha quedado como un pueblo casi desierto, desalojado poco a poco, que muere inevitablemente en aras del progreso, que se acerca con su ruido de motores, su humo, sus prisas. Sin embargo, no hace tanto que el ritmo del barrio estaba marcado por la campana de la iglesia de San Miguel. </p> <p> Mucha gente está ya en el olvido, se fue apagando en el recuerdo como un campaneo muy lejano. Pero hay quienes regresan como fantasmas, se deslizan transparentes y fugaces por las paredes, tan tenues que parece que los invento. Pero regresan, es cierto, cuando vuelve a sonar cierto piano cuyas notas se desgranan de los almendros del jardín de la se&ntilde;orita Herminia. </p> <p> Con su piano y la tarde ella tejía hilos delgados que nos envolvían; se rompían al pasar por la gritería en los juegos de la pandilla del Chueco; se enredaban interrogantes frente al rostro liso de Elvira, siempre silenciosa mirando tras la puerta cristalera de la vecindad; hacían levantar los ojos oscuros y almendrados de Margarita, sentada todo el día en su banquito, reparando medias, y se entretejían con su labor delicada; importunaban a la Loca de los Perros que se paraba a media calle haciendo se&ntilde;as como para espantarlas; cuidaban en la esquina la borrachera eterna de Centavito; le hablaban al oído a Chepo, el pepenador, que se sentaba en el zaguán verde para compartir su pedazo de pan con el Gandul, su perro amarillo. </p> <p> Se&ntilde;orita Herminia, usted vivió sus días sencillos en esa vieja colonia gris, entre los muros gruesos de su casa demasiado grande, entre lo que quedó de una no muy antigua opulencia. Su paisaje cotidiano estaba hecho de calles angostas que sabían recoger a ratos la tibieza del sol, de empedrados en los que tropezaba su figura menuda, en su carrera de pasitos apurados al doblar por la esquina de la tienda de Angelita. Todos los días la veíamos pasar, mientras cambiábamos oritos y estampas. Iba muy arreglada, a dar sus clases de piano. A veces se detenía para conversar con algún vecino, y se animaba toda su persona. Se tocaba el pelo gris modestamente recogido, agitaba sus aretes brillantes, echaba a volar sus manos como pajaritos, y yo me preguntaba si siempre había sido así: una maestra solitaria y no muy joven, porque adivinaba en su rostro una sonrisa traviesa por momentos, unos ojos muy chispeantes para una persona tan seria. Pero pronto se alejaba, solterona al fin, con su blusa blanca de encaje, su traje sastre gris, sus zapatos negros de tacón bajo. </p> <p> Aún hoy me pregunto qu&eacute; so&ntilde;aba en su quehacer ordenado de mujer decente, durante las clases de piano, al tocar esas notas que hablaban de amores. Me pregunto si recordaba algún novio ingrato que desapareció al mismo tiempo que la fortuna de la familia. Si se estremeció alguna vez su cuerpo con unas manos amadas, si su piel inquieta le quitaba el sue&ntilde;o. Si alguna vez la sorprendieron con la mirada perdida, olvidando por instantes la presencia de su peque&ntilde;o alumno. </p>  <p> &iquest;Que recuerdo buscaría su mirada en aquellos paisajes lejanos del pasado? &iquest;A qui&eacute;n alumbraría entonces? Porque por momentos su rostro se transformaba imperceptiblemente, dibujaba una sonrisa suave, triste y un poco distraída, mientras inundaba la calle con notas musicales, melancólicas, que volaban por el aire como una bandada de sue&ntilde;os. Se le escapaban en las ma&ntilde;anas por las ventanas entreabiertas en la penumbra fresca de la sala, se le escapaban al atardecer con la brisa que agitaba las cortinas blancas de gasa, y a veces tambi&eacute;n en la noche: llegaban hasta nosotros, entraban a nuestros cuartos, acompa&ntilde;aban nuestros sue&ntilde;os o nuestros desvelos, nuestras fantasías. </p> <p> Cuando su hermano, recluido en la Casta&ntilde;eda, murió, y quedó libre de la única responsabilidad que la ataba a la vida, usted cedió sus cosas a un asilo y allí se fue apagando despacio, dejó lugar al silencio, como las notas del piano que no volvimos a escuchar... </p>]]></content></entry><entry><title>Que se culpe a todos</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/que-se-culpe-a-todos.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/que-se-culpe-a-todos.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-07T01:27:45Z</published><updated>2008-03-07T01:27:45Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<p> QUE SE CULPE A TODOS DE MI MUERTE </p> <p> Marga cerró la puerta lentamente. Estaba cansada. Miró con desgano su habitación en penumbra. La gran cama en la que dormía sola desde hacía...&iquest;Cuánto tiempo ya? Se pasó la mano por la frente. No valía la pena. Ese recuento obsesivo...Total, para encontrar sólo el reflejo frío y liso de su soledad, nombres que flotaban como salitre en el recuerdo, como ruinas en los arenales del pasado que recorría una y otra vez, cada vez más desolados; rencores que emergían golpeándole la cara como el rocío salado de la playa... </p> <p> Se desvistió frente al espejo. Su cuerpo blanco apareció como un fantasma, se agitó vagamente como una paloma entre la niebla: el cuerpo blanco, alguna vez espigado, la piel demasiado fina ya sin deseo, helada como un reflejo mortecino en la noche. Observó su rostro de cerca. </p> <p> ...Mírate bien Marga. Aquí están de nuevo las bolsas bajo los ojos, la dureza del ce&ntilde;o, los labios vencidos, esa expresión de amargura. Ya no. Ya no pasarás por otra operación. Ya no aguanta tu piel. Se quiebra, como tu voluntad de vivir. &iquest;Para qu&eacute;? Tu juventud era lo único que tenías que ofrecer y se terminó. Lo comprendiste hace un rato, en el baile, entre las máscaras y la estridencia. Tu máscara ya no puede más, se resquebraja y sangra tu derrota por todos los poros, abre grietas en tu piel. </p> <p> Eras tan bella &iquest; Recuerdas? &iquest;En dónde dejaste la risa amplia de la ni&ntilde;ez, los dientes perfectos en la sonrisa de la adolescencia, el perfil delgado y orgullosos de la madurez, tu cabellera viviente, tus ojos razgados, largos y fríos como cuchillos preciosos? &iquest;O es que no existieron nunca? </p> <p> La vejez se insinuó en el secreto de tu piel, como un ser oculto y taimado que crecía tras de tu rostro. Cuánto trataste de detener el tiempo, de matar ese duende oculto que construía tu fin, que te destrozaba en cada espejo, en la mirada de los otros. Los otros Marga, los terribles ojos de los otros. </p> <p> Y perdiste. </p> <p> Marga cerró los ojos lentamente. Estaba cansada. </p> <p> &iquest;Qui&eacute;n guió su mano en ese último gesto de su vida? &iquest;Qui&eacute;n deseó por ella, odió por ella, murió por ella? Si ya no era nada, nada más que una máscara tiesa de carnaval sobre la cama destendida en la habitación a oscuras. </p>]]></content></entry><entry><title>Mirar a Anastasia</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/mirar-a-anastasia.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/mirar-a-anastasia.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-07T01:27:38Z</published><updated>2008-03-07T01:27:38Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<p> MIRAR A ANASTASIA </p> <p> Conocía su casa desde lejos. Más bien sólo conocía las cúpulas grises que dibujaban su sombra intensa sobre el cielo lejano de los atardeceres, entre las cimas tr&eacute;mulas de los extra&ntilde;os árboles del parque. </p> <p> A ella nunca la había visto, creo, aunque podía describir su andar orgulloso y lejano, ondulante como un velamen -nave que nunca atracó, memoria de paisajes ignorados- </p> <p> Creía recordar su cabellera irisada prendida en los espejos de los estanques, el reflejo escarchado de su tez de luna, su mirada impenetrable como el sigilo de sus gatos. Pero llegu&eacute; a dudar de si era una trampa de mi imaginación, una alucinación de mi mente y mi cuerpo exacerbados por el insomnio y las largas noches heladas en que la velaba a la orilla del parque, mientras me obsesionaba con los comentarios que sobre ella se hacían desde que yo tenía memoria. </p> <p> Porque esa mujer, extranjera, que huía del día y de la gente, no podía merecer más que el desprecio o la curiosidad malsana, y se comentaba que era una bruja, una asesina, una mujer con un pasado vergonzante del que no se podía hablar, una sombra que se instalaba como un silencio opaco en las tertulias familiares. Y para esa mujer, profundamente perturbada por algún dolor inconmensurable, no había más que indiferencia y desconfianza. </p> <p> Pero yo me sentía ya distinto, aún antes de la tragedia, y en mis fantasías pensaba que me iba a reconocer como uno de los suyos. En mi inconsciencia no sabía bien lo que esperaba de esa mujer, seguramente ya muy vieja. </p> <p> No, me parece que nunca la había visto, pero muchas veces creí adivinarla entre las sombras, cuando espiaba los senderos olvidados por los que me aventuraba en la ilusión cotidiana del anochecer, cuando la luz escurre sobre los objetos encendidos por el sol secreto del crepúsculo, so&ntilde;ando el sue&ntilde;o imposible de hablar con ella, por que el terror me hubiera paralizado, lo s&eacute; bien. </p> <p> Y así, sin pensar, se fue creando entre sus gatos, que la acompa&ntilde;aban siempre, y yo, un tácito ritual, en el que siempre estaba a punto de alcanzarlos, y ellos se evaporaban al instante para reaparecer más lejos, en un reclamo apagado e insistente. </p> <p> Me pasaba las noches persiguiendo susurros imperceptibles entre hojarascas palpitantes, el destello fugaz de sus miradas metálicas que flotaban entre la presencia mágica de los árboles, confundido por sus lentas huidas, agobiado por el deseo de volver a sentir los roces efímeros, sutiles y tibios, acaso so&ntilde;ados, de sus cuerpos suaves e inquietos, hasta que desaparecían sin remedio, con su ama, en una procesión de murmullos. Y yo me quedaba solo, solo como un enamorado. </p> <p> Pero una vez sucedió que la vida fantasmal del parque se volatilizó para siempre, como una más de mis visiones. Muchas noches me qued&eacute; esperando las se&ntilde;ales apenas perceptibles de su paseo secreto. Pero la noche no se volvió a animar. </p> <p> Tal vez la gente del pueblo tambi&eacute;n sintió la atmósfera sepulcral que se instaló en aquel lugar maldito, pues decidió entrar a la casa. En una tarde de plomo se reunieron los más osados. Derribaron la puerta de golpe. Me abrí paso entre los hombres que habían quedado inmóviles, petrificados, en la entrada. </p> <p> Al fin, allí estaba, entre el olor dulzón de su descomposición, inmóvil ante mis ojos ávidos, ELLA...&iquest;Ella? Una masa de sangre y carne informe, mutilada, aunque inconfundiblemente femenina, devorada por sus amados gatos. </p> <p> Me clavaron sus pupilas afiladas -mirada salvaje y amenazante de bestias sorprendidas en medio del banquete, que se enturbió con el sollozo largo y sordo del animal en celo- </p> <p> Preso de una nausea incontenible, zozobr&eacute; envuelto en una noche repentina, con la visión última de la carnicería que desataron los hombres ante el horror. Sólo recuerdo el chillido atroz de los gatos enloquecidos, el cielo intenso, la copa de los árboles que giraban, giraban, en el atardecer. </p>]]></content></entry><entry><title>Hay Balcones</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/hay-balcones.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/hay-balcones.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-07T01:26:12Z</published><updated>2008-03-07T01:26:12Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<p> HAY BALCONES </p> <p> A Felisberto Hernández </p> <p> Era un balcón de casa de campo. Ella lo presentaba como el Balcón de Invierno; tal vez porque daba a la modesta casa un aire desusado de nobleza campirana, como el de los viejos castillos en los que la gente se cambiaba de habitación con el curso del sol; o tal vez, por su silencio blanco como el de la nieve que nunca llegaba por esos parajes, que se quedaba colgada de las laderas del paisaje; o por sus apretados balaustres de madera que le daban un aire oriental, o por lo menos lejano, un sabor a historias de mujeres guardadas tras sus máscaras de polvo de arroz, que ahogaban secretos sobresaltos de la piel bajo sus ropajes impenetrables como el recato. Más que un balcón de invierno, un corazón de invierno, en donde las hojas pardas de un oto&ntilde;o siempre precoz se arremolinaban sobre el piso virgen de otras huellas que no fueran las de la mujer. El esperaba a esa mujer pálida con quien compartía el frío mineral de la melancolía. Ella, muy flaca, tenía el aspecto apagado de los recuerdos demasiado viejos, de las esperanzas gastadas. </p> <p> Frente al balcon pasaba la vida. Mientras ella, recostada suavemente sobre el barandal, con los brazos cruzados, abandonaba su pecho a la caricia aspera y tibia de la piedra, sonrozada por los atardeceres largos del tedio, y que se enfriaba lentamente bajo el aliento de la brisa que se deslizaba por los hilos de la luna, o por las alas de las aves oscuras. Entonces la mujer tensaba su cuerpo, se recargaba con más fuerza con el pretexto de protegerse del embate del aire de la noche, un aire demasiado desolado para no venir del alma. Y el balcón entonces se mecía como el puente de un barco, como a punto de emprender el vuelo, como si so&ntilde;ara que los sue&ntilde;os en la noche se vuelven de carne. </p> <p> La vida pasaba. Ellos, enganchados a la casa, a sus raíces, se quedaban, en el aire, como una promesa que ni se cumplía ni se desvanecía; un impulso que nunca se atrevía, una frustración contínua. porque de allí se sale sin salir, y ella creía acariciar con sus manos el perfil ondulante de las lejanas colinas azules recostadas en el horizonte, casi humanas de tan suaves; o las copas de los árboles encendidas por el poniente; pero sus manos afiladas sólo recorrían las sinuosidades de la piedra del balcón, prisionero commo ella de sus propios muros, y que no le podía responder más que con su largo silencio. </p> <p> Un día tal vez ella se cansó de ese amante hierático, o su sue&ntilde;o entró por otra puerta ya olvidada; lo cierto es que faltó a la cita, y que el balcón ya no está. Tal vez se atrevió a soltar las amarras y viaja como un barco por el aire. Tal vez se echó en el horizonte como un hombre cansado. Tal vez es cierrto qu los balcones tambi&eacute;n se alejan, sufren, se matan. Lo cierto es que ya no está. </p> <p> Patricia Daumas </p>]]></content></entry><entry><title>Gemelo Precioso</title><id>http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/gemelo-precioso.html</id><link rel="alternate" type="text/html" href="http://www.fandelune.com/cuentos/2008/3/7/gemelo-precioso.html"/><author><name>[Patricia]</name></author><published>2008-03-07T01:22:49Z</published><updated>2008-03-07T01:22:49Z</updated><content type="html" xml:lang="en-US"><![CDATA[<p> GEMELO PRECIOSO </p> <p> Sobre el cielo rojo del amanecer se destacaba el perfil gigante de un hombre solitario como la tenue estrella que nacía por el oriente. Miraba hacia el valle y extendía sobre la ciudad la sombra de su nostalgia, cobijaba a su gente con la red de su recuerdo; se despedía, y en sus ojos, profundos como su amor y su muerte, se agitaban lejanos resplandores de agonía. </p> <p> Quetzalcoatl se erguía por última vez frente a su amada ciudad de Tula, la más bella que se conociera. Alabada en las cuatro regiones del mundo, admirada por los príncipes del sur, envidiada por los extranjeros del norte, era la legendaria Tollan. Con profunda tristeza, la vista del gran sacerdote recorría las construcciones de armoniosa geometría, las amplias calzadas, las airosas columnas serpentinas que sostenían la gloria de su nombre, el orgullo de su pueblo. Dejaba vagar su mirada entre los muros labrados hasta que líneas y horizonte se confundían con el paisaje del altiplano. </p> <p> El hasta ese día se&ntilde;or de los Toltecas sabía que el drama que había culminado esa noche se venía preparando desde tiempo atrás; y que era inevitable, porque así estaba pintado en los libros sagrados, con la tinta indeleble de los guardianes de la historia. Muchas veces había atisbado desde sus madrugadas de insomnio hacia aquel cuadrante del mundo, el norte oscuro e insondable como su angustia, esperando el cumplimiento de presagios ancestrales. </p> <p> Es por eso que la noche pasada había recibido casi con alivio a los tres magos tan larga y ambiguamente esperados: el del Monte de los Sacerdotes, el del Monte de los Artífices, y el más temible, Tezcatlipoca, &ldquo;Humo espejeante&rdquo;, Hechicero Jaguar, con su manto de noche y estrellas. </p> <p> Y así fue que con la oscuridad llegaron, derramaron la duda como una bebida exquisita que ensimisma el alma, hace perder el juicio. Y así, que Quetzalcoatl, &ldquo;Gemelo Precioso&rdquo;, Se&ntilde;or de la Claridad, se abandonó, cumpliendo con algún sino poderoso y terminante. </p> <p> A su alrededor los objetos quedaron vacíos de significado, muertos los símbolos de su grandeza y la grandeza de su pueblo, apagados por la presencia de aquel espejo de doble faz que le había traído su más cercano enemigo, Tezcatlipoca. Terminaba el poder de Quetzalcoatl. Ya su pueblo se apartaba, ya se diluían en el olvido sus ense&ntilde;anzas &iquest;Para qui&eacute;n eran las obras de arte inigualables que salían de la manos de los Toltecas? &iquest;Para qui&eacute;n el trabajo fino de las turquesas, de los materiales preciosos, los corales, los caracoles, las plumas de Quetzal y otras aves de rico plumaje, el cacao de varios colores y el algodón hermosamente te&ntilde;ido? &iquest;Para qui&eacute;n los cantos y las delicadas flores del pensamiento, y sobre todo, la ciencia de los astros y el tiempo? </p> <p> Quetzalcoatl había luchado solo. Sólo &eacute;l había descubierto que su principal adversario, Tezcatlipoca, el del humo y los reflejos, el tentador, el invisible habitante de cada ser, imagen del poder temporal, de la carne y de las sombras, era su hermano gemelo, y que además eran de fuerzas iguales: los dos conocían el secreto de todos los encantamientos. Sólo &eacute;l supo que ninguno de los dos podía desaparecer, y que a trav&eacute;s de las edades nacerían el uno del otro en un dolor monstruoso y vital. Quetzalcoatl comprendía lo que había sucedido bajo el abrigo cómplice de la oscuridad. </p> <p> La conciencia de esa dualidad se había resuelto aquella noche en un combate terrible y sensual, sin vencedor ni vencido. Más bien, despu&eacute;s de la embriaguez de la mente y los sentidos, tras el placer doloroso de su nacimiento no solo a la carne sino al incesto, a trav&eacute;s del cuerpo misterioso de la mujer de su lecho, Quetzalpetatl, apareció la realidad de una ceremonia ya sin sentido, de un viaje no realizado hacia los lugares de las oraciones y del ba&ntilde;o ritual. Quedó tambi&eacute;n la soledad de los cuatro aposentos de la meditación: el de piedras preciosas, el de corales, el de caracoles, el de plumas de Quetzal, con los colores de los rumbos del mundo. Y sobre todo, se reveló una imagen espantosa en el espejo, y la conciencia, lúcida e implacable, de que era el momento de emprender el más largo viaje, para buscar el rostro de su destino. </p> <p> Es por eso que se encontraba esa madrugada en aquel lugar que llaman &ldquo;Junto al Arbol&rdquo;, desde donde veía su ciudad, para despedirse de su tiempo pasado. Seguía buscando su figura en el espejo y decía: &ldquo;Sí, viejo soy&rdquo;, porque de sus ojos salía su sombra; al tiempo continuaba: &ldquo;Debo irme a la tierra del color rojo, en las orillas del agua divina, al lugar de la tinta sagrada. Voy a adquirir saber, pues el rostro del sol me llama en su morada.&rdquo; </p> <p> Así emprendió el viaje en dirección de la costa. Cuentan que durante todo el camino fue dejando se&ntilde;ales fantásticas de su paso. Se dice que iba rodeado de todas las aves preciosas, que vibraban como llamas encendidas en torno a su figura, y que un canto le acompa&ntilde;aba, triste y melodioso como el ta&ntilde;ido de las flautas. Cuentan tambi&eacute;n cómo al detenerse a descansar, se sentó sobre una piedra, y se quedó mirando a su ciudad; y tan grande era su pesar que con las gotas de su llanto iba taladrando la roca misma. Conforme se acercaba a su destino, se iba despojando de sus atuendos, de su riqueza. Iba destruyendo, arrojando a los ríos sus libros de pinturas, sus mosaicos de plumas, sus collares de gemas. Al fin se despidió de sus acompa&ntilde;antes, y dejó abandonados sus propios cantos y hasta sus llantos, y así llegó a la orilla del agua. </p> <p> Se miró en el espejo de las aguas y comprendió que era hermoso otra vez. Entonces allí se detuvo y se atavió con su insignia de plumas, su máscara verde, su pintura roja y amarilla, su barba de suave plumón. Cuando estuvo listo, &eacute;l mismo se prendió fuego. Unos dicen que tejió una barca de serpientes para deslizarse con ellas por las aguas hasta el lugar del color rojo. Otros dicen que ardió allí mismo, en la orilla, y que vieron elevarse sus cenizas acompa&ntilde;adas de todas las aves preciosas: Los pájaros de fuego, los quetzales, los pájaros de innumerables cantos, los papagayos. Dicen que vieron cómo se incendió su corazón y se confundió con la estrella del amanecer. Otros más afirman que renació despu&eacute;s de haber morado cuatro días ente los muertos, más cuatro días en que fue por sus flechas de luz. Pero algunos lo siguen esperando, con la mirada vuelta hacia el cielo. Son los cuatro veces cinco guardianes de la estrella, en las cinco regiones del mundo. </p>]]></content></entry></feed>
