La Vida en Rosa
Thursday, March 6, 2008 at 05:40PM LA VIDA EN ROSA
Una tarde, algún tiempo después del entierro, regresé a casa de Adelaida. La vieja mansión dormía, al lado de la calle apacible, con sus ventanas cerradas, su zaguán verde y callado entre las bugambilias añosas; entré a su silencio como quien entra a un templo; algo frío y húmedo como probablemente era la tumba de Adelaida, flotaba en el ambiente, en el jardín crecido, en las habitaciones vacías.
Parecía que las dos, la casa y la mujer, habían recorrido la misma lenta agonía, que empezó seguramente cuando sus hijas le anunciaron a Adelaida que le estaban construyendo una nueva morada. Adelaida no dijo nada. Tal vez se tambaleó imperceptiblemente su enorme cuerpo que de pronto se sintió muy cansado. Seguramente empezó a dejarse morir entonces, como un árbol. Esa mujer, corpulenta e imponente a pesar de sus sesenta años sufridos entre la cocina y la crianza interminable de los diez hijos que le mandó la providencia, entre otros ambiguos dones, sólo atinó a mirar sus muebles usados como ella, las paredes mustias de la enorme casa colonial que le devolvían la mirada como un retrato de familia, y supo que sólo muerta la sacarían de allí, aunque nunca lo dijo; y meneaba la cabeza cuando le contaban de la nueva casa, de aquel desierto ajeno.
Aquí habían nacido sus hijos y muerto las viejas nanas, las únicas que recordaban los paisajes de Zacatecas, de la desaparecida hacienda paterna. Sólo aquí regresaba, fiel y segura, esa luz única filtrada por las cortinas de encaje amarillentos, que bañaba la sala a la hora de las novelas, hacía lucir suavemente el gran piano negro que ya sólo tocaba alguna visita, reconocía la vieja radio consola descompuesta años atrás, que se había escuchado por tantos años casi religiosamente, noticias y canciones ya olvidadas pero que tiñeron el recuerdo de más de uno de nosotros de un color inconfundible, hecho de lámparas sinuosas, margaritas del jardín en jarrones modernistas, y canciones anticuadas que guardaron para siempre el encanto del desuso.
Querida Adelaida... ¿Cómo no vieron que desangraban más que su tiempo, toda su savia de mujer abnegada? ¿Cómo no supieron que era agua de recuerdos, que moría porque en ninguna otra casa cabría la larga mesa donde se habían sentado todos, en un collar largo de días, como las cuentas de su rosario, a merendar chocolate de molinillo, atole con canela que perfumaba la casa desde el anochecer y pan dulce que iban a buscar todas las tardes; esa larga mesa de los domingos, de manteles blancos, vino y café? Que moría porque en ninguna parte le repondrían esa gran cocina tibia, en la que flotaban los aromas de las mermeladas que hacía todos los años, mientras los niños crecían entre calderas humeantes y prometedoras; en ningún lado existía, inconfundible y picante, escapado del corral, el olor del vino casero, de la uva al fermentar con las horas y los días de Adelaida para dar la misma bebida ácida.
“¿Cómo llevarse todo eso en un camión de mudanza?” Debe de haber pensado Adelaida, “ahora que todos se han ido, muertos unos, alejados otros, ¿Cómo llevarse esos olores, que es lo único que me han dejado?”
Me pregunto si fui el único testigo de ese lento deterioro de Adelaida y de su casa, que se fue insinuando como un atardecer interminable, y que era casi insoportable al final: el jardín desordenado, los rosales que se alargaban como niños mal crecidos, perdidos entre la hiedra que sellaba las ventanas; la parra y la madreselva desbordando el cenador olvidado; la monótona letanía de las margaritas y los nomeolvides deshojados que se morían como la otrora rubia cabellera de Adelaida; la fuente en medio del patio, seca como su rostro austero; el jardín amodorrado, como las moscas aburridas que se obstinaban en el quicio de las ventanas cada vez más ajenas a la casa, que se desmoronaba lentamente. Las paredes se descascaraban, manchas de tiempo y humedad crecían como el cáncer el la piel de Adelaida; las ventanas ya no abrían ni sus ojos soportaban la luz; los muebles, uno por uno, iban cediendo como ella; los corredores se antojaban cada vez más oscuros y lejanos, como si ya no los quisiera más que para buscar por los rincones a los habitantes de su pasado.
Adelaida se fue encogiendo como una fruta olvidada…
Y una mañana murió, calladita, con un tenue “Jesús” en los labios, cuando ya no soportó ver esa casa que le habían estado vaciando sin piedad, con la ceguera de las buenas intenciones; esa casa que gemía por las noches porque ya no soportaba la violencia de sentirse desnudada por dentro, ultrajada en cada mueble arrancado de su sitio después de tantos años y que dejaba una mancha clara sobre los muros grisáceos; al sentir esas manos sin recato que hurgaban en todos los cajones y vaciaban los antiguos armarios haciendo rechinar las grandes puertas con espejos que habían reflejado la imagen de mujer joven y enamorada de Adelaida, que dejaban al descubierto tantos íntimos recuerdos...
Cuando sacaron el cuerpo yerto de Adelaida, no era mucho lo que dejaba atrás, un despojo tan incierto como su ausencia y su vida.
Un lejano parentesco y recuerdos de mi primera infancia me unían a Adelaida y a su casa. Regresé aquella tarde con la curiosidad de un pasado que de alguna manera era también el mío, y porque sabía que al fondo del corral, en cuartos en los que se acumulaban como restos de un naufragio baúles con la juventud de Adelaida, encontraría cajas empolvadas con fotos de padres y abuelos, en cartas con el ribete negro de los inacabables lutos de esos días, y la vieja radio consola que heredé porque nadie la quería.
Era un mueble enorme y sin gracia, que parecía mirarme con su único botón al frente, como un cíclope rescatado de su cueva de olvido. No sin trabajo lo transporté hasta mi casa. Quedó en mi sala sin lograr integrarse, como una excrecencia del pasado, necia e inútil, hasta que logré mandarla arreglar.
Para encenderla esperé una tarde apacible como las de la casa de Adelaida. Entonces cobró vida. Ensayó una voz ahogada por el polvo de su abandono, como si limpiara el camino de tiempo hacia atrás. Luego se oyó una melodía, un sonido que parecía emerger de un largo túnel, de muy lejos, de una historia ya vivida, y despertaba imágenes tan ligeras como un alcohol, que se evaporaban tan pronto aparecían, que se diluían en la mente como jirones de nubes, tan lejanos que ya no sabía si se trataba de los recuerdos de Adelaida o de los míos, pero que resultaban familiares y contaban de lugares habitados ya sólo por fantasmas, de habitaciones a media luz, calles estrechas, plazas domingueras adornadas de faroles, madrugadas desoladas en el amanecer de largas noches de humo y soledad.
Era una vieja melodía que venía de muy lejos, de quién sabe que lejana parte de mi ser, sonaba más clara a medida que se templaba con el tono de la radio, como una cuerda tensa, tenue, precisa, cada vez más afinada, y se acoplaba íntimamente con la voz del cantante, afeminada, demodé, imprescindible como la canción favorita de Adelaida: La Vie en Rose.
Patricia Daumas
[Patricia] |
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