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Thursday
Mar062008

Fieles Difuntos

FIELES DIFUNTOS

Anochecía. Constanza caminaba apresurada por las calles del centro. La perseguía el aroma inquietante del incienso que ardía en los anafres del mercado de Sonora; el mismo que había ido a comprar para quemar en la ofrenda que habían montado en casa de Diego. Incienso compuesto, flores y colores apagados, esencias vivas de cortezas y resinas dormidas.

Era la noche de los fieles difuntos. Constanza salía del mercado con su paquete envuelto en periódico, con la imagen de sombríos animales disecados clavados en su cruel mirada de vidrio; entre collares y amuletos de semillas y lana con los colores sagrados, el rojo y el negro; entre las pociones poderosas en sus frasquitos inocentes, llenos de antigua sabiduría, alivio, pasión y muerte.

Constanza pensó en las coronas de flores amarillas pacientemente ensartadas por la vieja Clemencia, la nana de siempre. “Yo ya estoy cerca de los muertos” decía, con su sonrisa desdentada y cómplice de quién sabe qué misterios, “y les voy engarzando sus recuerdos”, y colocaba el cempasúchil entre los retratos de los desaparecidos, con sus guisos preferidos, la bebida, el café de olla, los animalitos de frágil alfeñique. Esa noche iban a compartir el pan dulce de los muertos. “¿Será dulce la muerte?” Se iba preguntando Constanza.

Desde que ella y Diego eran chicos, se escabullían a la hora de dormir al cuarto de Clemencia, y ella les contaba de las noches sin luz de su pueblo. Eran relatos que olían a hierbas sagradas, envolventes como los vapores de un baño de temascal, con nombres sonoros apenas entendidos, milagros y nostalgias viejas.

Este año, en casa de Diego, medio hermano y compañero de aventuras infantiles, jugaban a las tradiciones, empujados como sin querer por las consejas de las nanas, mujeres de tierra adentro, fieles como los difuntos a las historias del tiempo recobrado, en el que todo permanece. Y así, habían crecido en un mundo circular, en el que una montaña era una mujer blanca, yaciente hierática esperando al amante para siempre viajero; oían a la Llorona que clamaba sin descanso por sus hijos y su raza, amenazados hasta los confines del tiempo; se compadecían de los hombres solitarios sorprendidos una y otra vez por la decapitada del páramo oscuro y desolado, que prometía en su obsesión un tesoro oculto que nunca aparecería; sabían del gato negro eternamente erizado mientras el diablo le cuenta los pelos, con el gesto interminable de colocar una cana de su barba entre ellos, para no perder la cuenta infinita, en la apuesta imposible de ganar tantas almas como pelos tiene un gato; presentían el vagar sin sentido de las sombras en el Mictlán, en el infierno, en el purgatorio, en cualquier parte, y que se encendían como hogueras súbitas e impredecibles.

Al llegar frente a la casa de Diego vio una vela en el quicio de la puerta. “Se acordaron del Ánima Sola”, pensó con algo de aprehensión. “Dicen que esta noche se acercan también las almas de los olvidados, que tienen derecho a compartir también la colación, y se guían por esa lucecita solitaria... ¿Así que también hay soledad en el más allá? Bueno, ella ya no creía en esas cosas.

Entró al comedor. El altar de la ofrenda se dibujaba apenas en la penumbra. Entre las velas encendidas por Clemencia, los retratos de los difuntos no estaban quietos. Una mirada clara, implorante, en un marco antiguo, requirió su atención. “¿Y ese?”

-No sé bien, contestó Diego, lo encontré en uno de los baúles de la casa de mis abuelos, en Tacubaya. Se parece a mi, ¿no?

Era el rostro de un joven atractivo, aunque un poco pasado de moda. delgado, peinado con raya en medio, serio, mirando con grandes ojos como de niño algo perdido en el tiempo. La nana Clemencia meneó la cabeza.

-No juegue con eso joven. En esa casa hubo una tragedia, por eso tenían guardado ese retrato. A ese joven lo asesinaron cuando recién yo llegué a la casa. Regresó muchas veces porque tenía algo pendiente, y yo le ponía su veladora para que descansara.

-¿Y qué tenía pendiente? Preguntó Constanza.

Clemencia entrecerró sus ojitos brillantes y rasgados y sonrió con malicia:

-Ay niña, pues a mí nunca me quiso platicar, serían amores mal vistos, no sé. Lo cierto es que tampoco su familia volvió a hablar del asunto.

En la pieza oscura, Constanza temblaba de frío. Un airecito helado se filtraba por alguna ventana mal cerrada. Diego miraba fijamente el retrato.

-¿Y cómo se llamaba?

-Diego Cruz. Era el medio hermano de su tía Consuelo. El se había venido a vivir a casa de sus abuelos poco tiempo antes de que ustedes nacieran. Me acuerdo que se le veía poco, y escribía versos. Siempre andaba por allí, hasta que una noche lo mataron en la calle. Sus cosas las guardó Consuelo en un baúl en el cuarto del corral, con el retrato.

La voz de Diego sonó ahogada:

-Aquí están. Me traje la caja en la tarde.

-Vamos a abrirla ¡Por favor!

Constanza era la niña aterrada que suplicaba, años atrás,¿“Y luego que pasó, nana?”, cuando Clemencia les hacía los cuentos sin tiempo de su tierra.

Abrieron el baúl. Entonces surgió, entre el rumor del viento frío por la ventana, la hojarasca de la vida truncada, con ese olor dulzón, un poco amargo, del recuerdo abandonado, de los objetos largamente guardados: La cigarrera, el retrato de Consuelo...No habían conocido a Diego, pero allí estaba, tan presente en su ausencia incompleta, que flotaba en versos pendientes sobre hojas amarillentas. Encontraron la antigua máquina de escribir “Corona”, con el llamado de aquél que no supo abandonar el tiempo, y se llevó con él para la eternidad su nostalgia y su esperanza, con todas sus cadenas.

Una hoja clara se destacaba sobre el rodillo negro de la máquina. leyeron:

“Vendrás de noche entonces

con un viento de angustia en las manos

vendrás de noche

y no tendremos porqué hablarnos

como un regalo antiguo

apagarás las velas

y romperás el rostro del olvido

tu cuerpo se abrirá como un rezo

y yo

con la llave infinita de mi piel recobrada

entraré para siempre en tu nombre...”

El papel brillaba, tenue, como la sustancia impalpable de los sueños, en la oscuridad compacta. Constanza cerró quedamente la tapa del baúl. Los ojos claros de Diego la envolvían.

Clemencia los había dejado solos.

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