Casi Como Siempre
Thursday, March 6, 2008 at 05:39PM “Ahora mismo, mientras escribo estas palabras siento que a la inocencia y a los asombros de mi infancia, se mezclan mis traiciones y olvidos de hombre, las repetidas muertes de mi vida. No estoy reviviendo estos recuerdos, más bien los estoy expiando” Augusto Roa Bastos.
CASI COMO SIEMPRE
Cuando voy por avenida Revolución hacia el bosque de Chapultepec, me acuerdo de aquella casona, hoy abandonada, de mi primera infancia. Entonces, tengo que doblar a la izquierda, por Reyes Veramendi, y la voy a ver. Ahí está. Parece dormir en el silencio una larga preñez de sueños pasados. A veces, me da por entrar: En sus habitaciones hoy semi vacías flota la herida siempre abierta de un pasado irrecuperable, un dolor que desmiente la irrealidad de un mundo captado sólo por la memoria; a veces me da por entrar, con la fantasía de cambiar lo que no puede ser cambiado.
Al fondo del patio que llamaban el Corral hay un cuarto clausurado. Allí dormía mi nana Jesús. Yo llegué muy niña a vivir a esa casa. Ahí estaba ya Jesús. Era una vieja algo olvidada y entonces no había más niños que yo. De alguna manera encontramos algo que compartir: Tal vez era el vivir a destiempo entre los demás, el haber nacido en lugares lejanos que querían regresar, en fin, eramos algo así como el espejo de nuestras soledades.
La nana Jesús era una mujer de pocas palabras. Nadie sabía muy bien en que se ocupaba, pero siempre estaba allí su figura severa de ropas grises superpuestas como deseos vueltos hacia adentro. En esos tiempos ya no sonreía y se olvidaba que los regazos de las nanas deben ser tibios, pero alguna vez me otorgó la mirada solícita de sus ojos miopes.
Por las tardes, cuando la casa entraba en un sopor cotidiano, Jesús se sentaba a desentrañar recuerdos enredados en oscuras madejas de lana que aparecían en su cuarto, mientras daba la hora de la merienda, y yo la acompañaba. Nunca supe si tejía, nunca vi nada terminado. Lo importante era el movimiento rítmico de sus manos al tirar de un estambre largo y liso como su vida. Jesús lo maniobraba de una manera uniforme, como un embrujo. Punteaba el movimiento con alguna palabra de vez en cuando, con alguna imagen. Por entre sus dedos desfilaba su infancia breve, su pasado, que yo percibía como si hubiese sido el mío. Pero ella no recordaba sus juegos. Jalaba el hilo y traía la mirada evasiva de su padre, taciturno y rudo; otra vez el hilo, y era su madre, que arrullaba el eterno luto de algún hijo. “¿Cuántos fueron, Chuy?”, “Quién sabe, sólo Dios...”. Sus dedos proseguían su labor, infatigables. Recreaban piedras blancas y polvo que se llevaba el aire, pistas del desierto que transitaban hombres encorvados bajo una carga invisible, mujeres, sombras secretas en inmensos rebozos grises, niños descalzos y perros famélicos; interminable procesión de silencio y miseria que se revolvía, entre la polvareda y la tarde, en el corral en donde las dos, la vieja y la niña, convocábamos ausencias. Así pasábamos los días, sentadas en el quicio de la puerta de su habitación austera, mientras moría la luz del día entre las sombras, al amparo de nuestra paciencia infinita. Y así crecía yo, envuelta en la labor inextricable de la nana como en un capullo.
El cuarto de Jesús era sobrio como ella; cuadrado, con una sola ventana que daba al jardín de la casa, y una puerta que se abría al antiguo corral, en donde el reflejo del sol sobre el empedrado blanco era tan deslumbrante como en su tierra. Tal vez por eso era su lugar predilecto, porque con sus ojos quemados percibía la misma claridad uniforme de su niñez, en aquel pueblo árido y pobre a orillas del desierto que secó su vista para siempre. Toda su vida trabajó para la misma familia. Nunca se casó, nunca se le conoció a nadie, y cuando se la trajeron para México se entregó a su papel de nana como una monja a sus votos. En cuanto los niños crecieron y no fue necesario que durmiera en la casa, le dieron uno de los cuartos del corral. Sobre las paredes encaladas sólo había un crucifijo, que señalaba la cabecera del catre cubierto con una cobija parda, y una estampa del Sagrado Corazón que ardía perenne y segura sobre un fondo azul y rosa como nuestra candidez. Jesús nunca me dejó dudar de la existencia real de ese corazón que flotaba en el cielo. También me aseguraba que eran querubines aquellos brillos misteriosos entre las hojas del aguacate, y algún ser maléfico y tal vez hasta con cuernos, el que murmuraba tras la jardinera de la entrada de la casa. Eran verdaderos los santos de yeso, ¿No los oía yo suspirar en la iglesia?, verdaderas las lágrimas y las llagas de acuarela de las estampas: “No las toque niña, que les duele”, actual el sufrimiento reflejado en el rostro de los cristos. Jesús nunca se cuestionó nada, ni yo tampoco por lo tanto.
Un día, supe que se iba a morir...
Aquella mañana Jesús no se levantó, y no me dejaron ir a verla. Entre mi desasosiego percibía cuchicheos y caras mustias. Recogía palabras sordas en el aire, en los rayos oblicuos del sol que penetraba por los postigos entrecerrados de las ventanas; palabras inciertas, angustiantes, en el polvo que se levantaba cuando barrían, y lo sacaban con premura, como con culpa, para no atraer el mal a la casa. Mal que se conjuraba con rezos y persignadas, pero no se mencionaba. Debía quedar allá, con Jesús, en su cuarto del corral.
Poco a poco la casa se fue acostumbrando a esa nueva presencia que era la ausencia de Jesús. Las consignas se relajaron. Una tarde me acerqué de nuevo a su cuarto. Ella estaba sentada, como siempre, casi como siempre, en el quicio de la puerta, envuelta en cobijas; sus manos, sobre su regazo, sostenían un rosario que parecía tener vida propia, como el estambre de otros días. Su mirada, muy clara, se perdía entre la luz del atardecer. La vi inmóvil, tranquila, como sus estampas piadosas. ¿Era la misma? De pronto me invadió una nueva timidez frente a ella.
“¿Chuy?” Mi voz sonó extrañamente aguda y quedó suspendida en el aire. “¿Es cierto que te vas a morir?” Sentí confusamente que se había descorrido un velo entre nosotras. Pero ella no se inmutó; sus manos siguieron desgranando el rosario con ese movimiento que presagiaba la eternidad. Insistí: “¿Y no te da miedo?”. De pronto sentí una extraña ligereza, como si ya no tocara el suelo. Jesús entonces recogió su mirada y la dirigió hacia mi, pero no la detuvo, me atravesó; volteó la cara, severa, como no la había visto antes. La tarde giró de pronto entre las copas de los cipreses inclinados. Sentí que no debía haber preguntado y me alejé, muy despacio. El corazón se me escapaba como un pájaro asustado en el silencio.
[Patricia] |
1 Comment | 
Reader Comments (1)
2011 08 25 Querida primita, te fekicito por tus cuentos mas bien historias.
efectivamente la casa fue avandonada y casi destruida, pero un dia como en una cancion francesa que habla de un castillo en la montaña que la nieve las rocas se habian unido para arrancarlo, tambien a la casa un dia llego un encio que la reconstruyo.
mucho me gustaria la pudieras visitar antes que yo me cambie a otra menoir, ya qe mis hijos tambien ya se fuferon.
con mucho cariño
CARLOS DAUUMAS.