Monday
Mar102008

Short stories

Voici un recueil de mes contes. Désolée, je n'en ai pas en français!

Thursday
Mar062008

El Ropero

EL ROPERO

Los objetos están habitados. Sobre todo los roperos. En ellos flotan como suaves suspiros los seres que se han ido. Su madera está impregnada de esencias impalpables: el perfume lejano del tiempo, del bosque, de la savia que sube con la luna; encierra el olor íntimo de la ropa, de los frascos secretos, las innumerables cartas, las fotografías.

Un ropero vive de recuerdos y de nuestro sueño atento. En las noches calladas cruje despacio, para que su secreto quede sólo entre nosotros. Abre quedamente sus puertas preñadas de fantasmas, sus alas silenciosas flotan en la oscuridad. De su entraña oculta nace un cordón que reluce limpiamente en el espacio y con él y la noche entreteje historias verdaderas.

Las enhebra en el infinito telar de la memoria.

Thursday
Mar062008

La Vida en Rosa

LA VIDA EN ROSA

Una tarde, algún tiempo después del entierro, regresé a casa de Adelaida. La vieja mansión dormía, al lado de la calle apacible, con sus ventanas cerradas, su zaguán verde y callado entre las bugambilias añosas; entré a su silencio como quien entra a un templo; algo frío y húmedo como probablemente era la tumba de Adelaida, flotaba en el ambiente, en el jardín crecido, en las habitaciones vacías.

Parecía que las dos, la casa y la mujer, habían recorrido la misma lenta agonía, que empezó seguramente cuando sus hijas le anunciaron a Adelaida que le estaban construyendo una nueva morada. Adelaida no dijo nada. Tal vez se tambaleó imperceptiblemente su enorme cuerpo que de pronto se sintió muy cansado. Seguramente empezó a dejarse morir entonces, como un árbol. Esa mujer, corpulenta e imponente a pesar de sus sesenta años sufridos entre la cocina y la crianza interminable de los diez hijos que le mandó la providencia, entre otros ambiguos dones, sólo atinó a mirar sus muebles usados como ella, las paredes mustias de la enorme casa colonial que le devolvían la mirada como un retrato de familia, y supo que sólo muerta la sacarían de allí, aunque nunca lo dijo; y meneaba la cabeza cuando le contaban de la nueva casa, de aquel desierto ajeno.

Aquí habían nacido sus hijos y muerto las viejas nanas, las únicas que recordaban los paisajes de Zacatecas, de la desaparecida hacienda paterna. Sólo aquí regresaba, fiel y segura, esa luz única filtrada por las cortinas de encaje amarillentos, que bañaba la sala a la hora de las novelas, hacía lucir suavemente el gran piano negro que ya sólo tocaba alguna visita, reconocía la vieja radio consola descompuesta años atrás, que se había escuchado por tantos años casi religiosamente, noticias y canciones ya olvidadas pero que tiñeron el recuerdo de más de uno de nosotros de un color inconfundible, hecho de lámparas sinuosas, margaritas del jardín en jarrones modernistas, y canciones anticuadas que guardaron para siempre el encanto del desuso.

Querida Adelaida... ¿Cómo no vieron que desangraban más que su tiempo, toda su savia de mujer abnegada? ¿Cómo no supieron que era agua de recuerdos, que moría porque en ninguna otra casa cabría la larga mesa donde se habían sentado todos, en un collar largo de días, como las cuentas de su rosario, a merendar chocolate de molinillo, atole con canela que perfumaba la casa desde el anochecer y pan dulce que iban a buscar todas las tardes; esa larga mesa de los domingos, de manteles blancos, vino y café? Que moría porque en ninguna parte le repondrían esa gran cocina tibia, en la que flotaban los aromas de las mermeladas que hacía todos los años, mientras los niños crecían entre calderas humeantes y prometedoras; en ningún lado existía, inconfundible y picante, escapado del corral, el olor del vino casero, de la uva al fermentar con las horas y los días de Adelaida para dar la misma bebida ácida.

“¿Cómo llevarse todo eso en un camión de mudanza?” Debe de haber pensado Adelaida, “ahora que todos se han ido, muertos unos, alejados otros, ¿Cómo llevarse esos olores, que es lo único que me han dejado?”

Me pregunto si fui el único testigo de ese lento deterioro de Adelaida y de su casa, que se fue insinuando como un atardecer interminable, y que era casi insoportable al final: el jardín desordenado, los rosales que se alargaban como niños mal crecidos, perdidos entre la hiedra que sellaba las ventanas; la parra y la madreselva desbordando el cenador olvidado; la monótona letanía de las margaritas y los nomeolvides deshojados que se morían como la otrora rubia cabellera de Adelaida; la fuente en medio del patio, seca como su rostro austero; el jardín amodorrado, como las moscas aburridas que se obstinaban en el quicio de las ventanas cada vez más ajenas a la casa, que se desmoronaba lentamente. Las paredes se descascaraban, manchas de tiempo y humedad crecían como el cáncer el la piel de Adelaida; las ventanas ya no abrían ni sus ojos soportaban la luz; los muebles, uno por uno, iban cediendo como ella; los corredores se antojaban cada vez más oscuros y lejanos, como si ya no los quisiera más que para buscar por los rincones a los habitantes de su pasado.

Adelaida se fue encogiendo como una fruta olvidada…

Y una mañana murió, calladita, con un tenue “Jesús” en los labios, cuando ya no soportó ver esa casa que le habían estado vaciando sin piedad, con la ceguera de las buenas intenciones; esa casa que gemía por las noches porque ya no soportaba la violencia de sentirse desnudada por dentro, ultrajada en cada mueble arrancado de su sitio después de tantos años y que dejaba una mancha clara sobre los muros grisáceos; al sentir esas manos sin recato que hurgaban en todos los cajones y vaciaban los antiguos armarios haciendo rechinar las grandes puertas con espejos que habían reflejado la imagen de mujer joven y enamorada de Adelaida, que dejaban al descubierto tantos íntimos recuerdos...

Cuando sacaron el cuerpo yerto de Adelaida, no era mucho lo que dejaba atrás, un despojo tan incierto como su ausencia y su vida.

Un lejano parentesco y recuerdos de mi primera infancia me unían a Adelaida y a su casa. Regresé aquella tarde con la curiosidad de un pasado que de alguna manera era también el mío, y porque sabía que al fondo del corral, en cuartos en los que se acumulaban como restos de un naufragio baúles con la juventud de Adelaida, encontraría cajas empolvadas con fotos de padres y abuelos, en cartas con el ribete negro de los inacabables lutos de esos días, y la vieja radio consola que heredé porque nadie la quería.

Era un mueble enorme y sin gracia, que parecía mirarme con su único botón al frente, como un cíclope rescatado de su cueva de olvido. No sin trabajo lo transporté hasta mi casa. Quedó en mi sala sin lograr integrarse, como una excrecencia del pasado, necia e inútil, hasta que logré mandarla arreglar.

Para encenderla esperé una tarde apacible como las de la casa de Adelaida. Entonces cobró vida. Ensayó una voz ahogada por el polvo de su abandono, como si limpiara el camino de tiempo hacia atrás. Luego se oyó una melodía, un sonido que parecía emerger de un largo túnel, de muy lejos, de una historia ya vivida, y despertaba imágenes tan ligeras como un alcohol, que se evaporaban tan pronto aparecían, que se diluían en la mente como jirones de nubes, tan lejanos que ya no sabía si se trataba de los recuerdos de Adelaida o de los míos, pero que resultaban familiares y contaban de lugares habitados ya sólo por fantasmas, de habitaciones a media luz, calles estrechas, plazas domingueras adornadas de faroles, madrugadas desoladas en el amanecer de largas noches de humo y soledad.

Era una vieja melodía que venía de muy lejos, de quién sabe que lejana parte de mi ser, sonaba más clara a medida que se templaba con el tono de la radio, como una cuerda tensa, tenue, precisa, cada vez más afinada, y se acoplaba íntimamente con la voz del cantante, afeminada, demodé, imprescindible como la canción favorita de Adelaida: La Vie en Rose.

Patricia Daumas

Thursday
Mar062008

Casi Como Siempre

“Ahora mismo, mientras escribo estas palabras siento que a la inocencia y a los asombros de mi infancia, se mezclan mis traiciones y olvidos de hombre, las repetidas muertes de mi vida. No estoy reviviendo estos recuerdos, más bien los estoy expiando” Augusto Roa Bastos.

CASI COMO SIEMPRE

Cuando voy por avenida Revolución hacia el bosque de Chapultepec, me acuerdo de aquella casona, hoy abandonada, de mi primera infancia. Entonces, tengo que doblar a la izquierda, por Reyes Veramendi, y la voy a ver. Ahí está. Parece dormir en el silencio una larga preñez de sueños pasados. A veces, me da por entrar: En sus habitaciones hoy semi vacías flota la herida siempre abierta de un pasado irrecuperable, un dolor que desmiente la irrealidad de un mundo captado sólo por la memoria; a veces me da por entrar, con la fantasía de cambiar lo que no puede ser cambiado.

Al fondo del patio que llamaban el Corral hay un cuarto clausurado. Allí dormía mi nana Jesús. Yo llegué muy niña a vivir a esa casa. Ahí estaba ya Jesús. Era una vieja algo olvidada y entonces no había más niños que yo. De alguna manera encontramos algo que compartir: Tal vez era el vivir a destiempo entre los demás, el haber nacido en lugares lejanos que querían regresar, en fin, eramos algo así como el espejo de nuestras soledades.

La nana Jesús era una mujer de pocas palabras. Nadie sabía muy bien en que se ocupaba, pero siempre estaba allí su figura severa de ropas grises superpuestas como deseos vueltos hacia adentro. En esos tiempos ya no sonreía y se olvidaba que los regazos de las nanas deben ser tibios, pero alguna vez me otorgó la mirada solícita de sus ojos miopes.

Por las tardes, cuando la casa entraba en un sopor cotidiano, Jesús se sentaba a desentrañar recuerdos enredados en oscuras madejas de lana que aparecían en su cuarto, mientras daba la hora de la merienda, y yo la acompañaba. Nunca supe si tejía, nunca vi nada terminado. Lo importante era el movimiento rítmico de sus manos al tirar de un estambre largo y liso como su vida. Jesús lo maniobraba de una manera uniforme, como un embrujo. Punteaba el movimiento con alguna palabra de vez en cuando, con alguna imagen. Por entre sus dedos desfilaba su infancia breve, su pasado, que yo percibía como si hubiese sido el mío. Pero ella no recordaba sus juegos. Jalaba el hilo y traía la mirada evasiva de su padre, taciturno y rudo; otra vez el hilo, y era su madre, que arrullaba el eterno luto de algún hijo. “¿Cuántos fueron, Chuy?”, “Quién sabe, sólo Dios...”. Sus dedos proseguían su labor, infatigables. Recreaban piedras blancas y polvo que se llevaba el aire, pistas del desierto que transitaban hombres encorvados bajo una carga invisible, mujeres, sombras secretas en inmensos rebozos grises, niños descalzos y perros famélicos; interminable procesión de silencio y miseria que se revolvía, entre la polvareda y la tarde, en el corral en donde las dos, la vieja y la niña, convocábamos ausencias. Así pasábamos los días, sentadas en el quicio de la puerta de su habitación austera, mientras moría la luz del día entre las sombras, al amparo de nuestra paciencia infinita. Y así crecía yo, envuelta en la labor inextricable de la nana como en un capullo.

El cuarto de Jesús era sobrio como ella; cuadrado, con una sola ventana que daba al jardín de la casa, y una puerta que se abría al antiguo corral, en donde el reflejo del sol sobre el empedrado blanco era tan deslumbrante como en su tierra. Tal vez por eso era su lugar predilecto, porque con sus ojos quemados percibía la misma claridad uniforme de su niñez, en aquel pueblo árido y pobre a orillas del desierto que secó su vista para siempre. Toda su vida trabajó para la misma familia. Nunca se casó, nunca se le conoció a nadie, y cuando se la trajeron para México se entregó a su papel de nana como una monja a sus votos. En cuanto los niños crecieron y no fue necesario que durmiera en la casa, le dieron uno de los cuartos del corral. Sobre las paredes encaladas sólo había un crucifijo, que señalaba la cabecera del catre cubierto con una cobija parda, y una estampa del Sagrado Corazón que ardía perenne y segura sobre un fondo azul y rosa como nuestra candidez. Jesús nunca me dejó dudar de la existencia real de ese corazón que flotaba en el cielo. También me aseguraba que eran querubines aquellos brillos misteriosos entre las hojas del aguacate, y algún ser maléfico y tal vez hasta con cuernos, el que murmuraba tras la jardinera de la entrada de la casa. Eran verdaderos los santos de yeso, ¿No los oía yo suspirar en la iglesia?, verdaderas las lágrimas y las llagas de acuarela de las estampas: “No las toque niña, que les duele”, actual el sufrimiento reflejado en el rostro de los cristos. Jesús nunca se cuestionó nada, ni yo tampoco por lo tanto.

Un día, supe que se iba a morir...

Aquella mañana Jesús no se levantó, y no me dejaron ir a verla. Entre mi desasosiego percibía cuchicheos y caras mustias. Recogía palabras sordas en el aire, en los rayos oblicuos del sol que penetraba por los postigos entrecerrados de las ventanas; palabras inciertas, angustiantes, en el polvo que se levantaba cuando barrían, y lo sacaban con premura, como con culpa, para no atraer el mal a la casa. Mal que se conjuraba con rezos y persignadas, pero no se mencionaba. Debía quedar allá, con Jesús, en su cuarto del corral.

Poco a poco la casa se fue acostumbrando a esa nueva presencia que era la ausencia de Jesús. Las consignas se relajaron. Una tarde me acerqué de nuevo a su cuarto. Ella estaba sentada, como siempre, casi como siempre, en el quicio de la puerta, envuelta en cobijas; sus manos, sobre su regazo, sostenían un rosario que parecía tener vida propia, como el estambre de otros días. Su mirada, muy clara, se perdía entre la luz del atardecer. La vi inmóvil, tranquila, como sus estampas piadosas. ¿Era la misma? De pronto me invadió una nueva timidez frente a ella.

“¿Chuy?” Mi voz sonó extrañamente aguda y quedó suspendida en el aire. “¿Es cierto que te vas a morir?” Sentí confusamente que se había descorrido un velo entre nosotras. Pero ella no se inmutó; sus manos siguieron desgranando el rosario con ese movimiento que presagiaba la eternidad. Insistí: “¿Y no te da miedo?”. De pronto sentí una extraña ligereza, como si ya no tocara el suelo. Jesús entonces recogió su mirada y la dirigió hacia mi, pero no la detuvo, me atravesó; volteó la cara, severa, como no la había visto antes. La tarde giró de pronto entre las copas de los cipreses inclinados. Sentí que no debía haber preguntado y me alejé, muy despacio. El corazón se me escapaba como un pájaro asustado en el silencio.

Thursday
Mar062008

Fieles Difuntos

FIELES DIFUNTOS

Anochecía. Constanza caminaba apresurada por las calles del centro. La perseguía el aroma inquietante del incienso que ardía en los anafres del mercado de Sonora; el mismo que había ido a comprar para quemar en la ofrenda que habían montado en casa de Diego. Incienso compuesto, flores y colores apagados, esencias vivas de cortezas y resinas dormidas.

Era la noche de los fieles difuntos. Constanza salía del mercado con su paquete envuelto en periódico, con la imagen de sombríos animales disecados clavados en su cruel mirada de vidrio; entre collares y amuletos de semillas y lana con los colores sagrados, el rojo y el negro; entre las pociones poderosas en sus frasquitos inocentes, llenos de antigua sabiduría, alivio, pasión y muerte.

Constanza pensó en las coronas de flores amarillas pacientemente ensartadas por la vieja Clemencia, la nana de siempre. “Yo ya estoy cerca de los muertos” decía, con su sonrisa desdentada y cómplice de quién sabe qué misterios, “y les voy engarzando sus recuerdos”, y colocaba el cempasúchil entre los retratos de los desaparecidos, con sus guisos preferidos, la bebida, el café de olla, los animalitos de frágil alfeñique. Esa noche iban a compartir el pan dulce de los muertos. “¿Será dulce la muerte?” Se iba preguntando Constanza.

Desde que ella y Diego eran chicos, se escabullían a la hora de dormir al cuarto de Clemencia, y ella les contaba de las noches sin luz de su pueblo. Eran relatos que olían a hierbas sagradas, envolventes como los vapores de un baño de temascal, con nombres sonoros apenas entendidos, milagros y nostalgias viejas.

Este año, en casa de Diego, medio hermano y compañero de aventuras infantiles, jugaban a las tradiciones, empujados como sin querer por las consejas de las nanas, mujeres de tierra adentro, fieles como los difuntos a las historias del tiempo recobrado, en el que todo permanece. Y así, habían crecido en un mundo circular, en el que una montaña era una mujer blanca, yaciente hierática esperando al amante para siempre viajero; oían a la Llorona que clamaba sin descanso por sus hijos y su raza, amenazados hasta los confines del tiempo; se compadecían de los hombres solitarios sorprendidos una y otra vez por la decapitada del páramo oscuro y desolado, que prometía en su obsesión un tesoro oculto que nunca aparecería; sabían del gato negro eternamente erizado mientras el diablo le cuenta los pelos, con el gesto interminable de colocar una cana de su barba entre ellos, para no perder la cuenta infinita, en la apuesta imposible de ganar tantas almas como pelos tiene un gato; presentían el vagar sin sentido de las sombras en el Mictlán, en el infierno, en el purgatorio, en cualquier parte, y que se encendían como hogueras súbitas e impredecibles.

Al llegar frente a la casa de Diego vio una vela en el quicio de la puerta. “Se acordaron del Ánima Sola”, pensó con algo de aprehensión. “Dicen que esta noche se acercan también las almas de los olvidados, que tienen derecho a compartir también la colación, y se guían por esa lucecita solitaria... ¿Así que también hay soledad en el más allá? Bueno, ella ya no creía en esas cosas.

Entró al comedor. El altar de la ofrenda se dibujaba apenas en la penumbra. Entre las velas encendidas por Clemencia, los retratos de los difuntos no estaban quietos. Una mirada clara, implorante, en un marco antiguo, requirió su atención. “¿Y ese?”

-No sé bien, contestó Diego, lo encontré en uno de los baúles de la casa de mis abuelos, en Tacubaya. Se parece a mi, ¿no?

Era el rostro de un joven atractivo, aunque un poco pasado de moda. delgado, peinado con raya en medio, serio, mirando con grandes ojos como de niño algo perdido en el tiempo. La nana Clemencia meneó la cabeza.

-No juegue con eso joven. En esa casa hubo una tragedia, por eso tenían guardado ese retrato. A ese joven lo asesinaron cuando recién yo llegué a la casa. Regresó muchas veces porque tenía algo pendiente, y yo le ponía su veladora para que descansara.

-¿Y qué tenía pendiente? Preguntó Constanza.

Clemencia entrecerró sus ojitos brillantes y rasgados y sonrió con malicia:

-Ay niña, pues a mí nunca me quiso platicar, serían amores mal vistos, no sé. Lo cierto es que tampoco su familia volvió a hablar del asunto.

En la pieza oscura, Constanza temblaba de frío. Un airecito helado se filtraba por alguna ventana mal cerrada. Diego miraba fijamente el retrato.

-¿Y cómo se llamaba?

-Diego Cruz. Era el medio hermano de su tía Consuelo. El se había venido a vivir a casa de sus abuelos poco tiempo antes de que ustedes nacieran. Me acuerdo que se le veía poco, y escribía versos. Siempre andaba por allí, hasta que una noche lo mataron en la calle. Sus cosas las guardó Consuelo en un baúl en el cuarto del corral, con el retrato.

La voz de Diego sonó ahogada:

-Aquí están. Me traje la caja en la tarde.

-Vamos a abrirla ¡Por favor!

Constanza era la niña aterrada que suplicaba, años atrás,¿“Y luego que pasó, nana?”, cuando Clemencia les hacía los cuentos sin tiempo de su tierra.

Abrieron el baúl. Entonces surgió, entre el rumor del viento frío por la ventana, la hojarasca de la vida truncada, con ese olor dulzón, un poco amargo, del recuerdo abandonado, de los objetos largamente guardados: La cigarrera, el retrato de Consuelo...No habían conocido a Diego, pero allí estaba, tan presente en su ausencia incompleta, que flotaba en versos pendientes sobre hojas amarillentas. Encontraron la antigua máquina de escribir “Corona”, con el llamado de aquél que no supo abandonar el tiempo, y se llevó con él para la eternidad su nostalgia y su esperanza, con todas sus cadenas.

Una hoja clara se destacaba sobre el rodillo negro de la máquina. leyeron:

“Vendrás de noche entonces

con un viento de angustia en las manos

vendrás de noche

y no tendremos porqué hablarnos

como un regalo antiguo

apagarás las velas

y romperás el rostro del olvido

tu cuerpo se abrirá como un rezo

y yo

con la llave infinita de mi piel recobrada

entraré para siempre en tu nombre...”

El papel brillaba, tenue, como la sustancia impalpable de los sueños, en la oscuridad compacta. Constanza cerró quedamente la tapa del baúl. Los ojos claros de Diego la envolvían.

Clemencia los había dejado solos.